domingo, 22 de septiembre de 2013

Inés del alma mía


Nunca he conocido –en mis cincuenta y tantos años que llevo a cuestas- mujer más hacendosa, fiel  compañera y abnegada madre como Inés. La conocí en un soleado día de verano, del año 1982,  cuando junto con unos amigos nos íbamos a la playa. Y, desde el primer momento  en que cruzamos nuestras miradas, supimos que estábamos destinados el uno para el otro, sin importar lo que de ello resultara.

No era hermosa  en el sentido estricto de la palabra, pero había algo en ella que la presentaba como una chica muy atractiva. Su manera espontánea y graciosa de decir las cosas, lograba que hasta la cara más grave termine sonriéndola, como sucedió con mi padre cuando recién la conoció.  Agregaba a ello un aire de cierta candidez, con una mezcla extraña de madurez espiritual  que la hacían aparecer como de más edad, que la que en realidad  tenía, y que encandilaba a quienes  la conocían por primera vez. Gracias a ello mis hermanos  pronto la acogieron como una integrante más del entorno familiar, convirtiéndose de esta manera, en asidua visitante de tardes crepusculares en las cuales, poco a poco, el amor iba creciendo a raudales.

Era irremediable entonces que nuestros destinos se juntaran –repito-  porque, más temprano que tarde, nos llegó la noticia de su embarazo no planeado. Y aunque ella recién empezaba el instituto y yo aún no terminaba la universidad, no fue impedimento alguno para que ambos afrontáramos las consecuencias de un amor travieso, pero sincero,  dado sin exigencias, sin reticencias y, menos todavía, sin burdas conveniencias.

A nuestro matrimonio civil, lamentablemente, no pudieron ir ni mi padre que se encontraba hospitalizado  ni mis hermanos que eran muy chicos, además que lo hacíamos en su ciudad de origen, distante de la mía por cientos de kilómetros. Y así, como si fuera una boda casi en secreto, nos casamos un día 27 del mes de Octubre de 1983, con la presencia solamente de sus padres y un gran amigo mío, quien tuvo la bondad de acompañarme, en este inicio formal de nuestra intrépida travesía. Y luego de un almuerzo con los integrantes de mi nueva familia, retorné a mi ciudad natal  y a las aulas universitarias. Inés se quedó con sus tristezas y con sus lágrimas en su hogar de toda la vida,  acompañada de sus ilusiones y a la espera del mayor tesoro nuestro que estaría pronto por llegar. Ella tenía 19 primaveras y yo 27 abriles.



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