Nunca he conocido –en mis
cincuenta y tantos años que llevo a cuestas- mujer más hacendosa, fiel compañera y abnegada madre como Inés. La
conocí en un soleado día de verano, del año 1982, cuando junto con unos amigos nos íbamos a la
playa. Y, desde el primer momento en que
cruzamos nuestras miradas, supimos que estábamos destinados el uno para el
otro, sin importar lo que de ello resultara.
No era hermosa en el sentido estricto de la palabra, pero
había algo en ella que la presentaba como una chica muy atractiva. Su manera
espontánea y graciosa de decir las cosas, lograba que hasta la cara más grave termine
sonriéndola, como sucedió con mi padre cuando recién la conoció. Agregaba a ello un aire de cierta candidez, con
una mezcla extraña de madurez espiritual que la hacían aparecer como de más edad, que
la que en realidad tenía, y que
encandilaba a quienes la conocían por
primera vez. Gracias a ello mis hermanos pronto la acogieron como una integrante más
del entorno familiar, convirtiéndose de esta manera, en asidua visitante de
tardes crepusculares en las cuales, poco a poco, el amor iba creciendo a
raudales.
Era irremediable entonces que
nuestros destinos se juntaran –repito- porque,
más temprano que tarde, nos llegó la noticia de su embarazo no planeado. Y
aunque ella recién empezaba el instituto y yo aún no terminaba la universidad,
no fue impedimento alguno para que ambos afrontáramos las consecuencias de un
amor travieso, pero sincero, dado sin exigencias, sin reticencias y, menos todavía, sin burdas conveniencias.
A nuestro matrimonio civil,
lamentablemente, no pudieron ir ni mi padre que se encontraba
hospitalizado ni mis hermanos que eran
muy chicos, además que lo hacíamos en su ciudad de origen, distante de la mía
por cientos de kilómetros. Y así, como si fuera una boda casi en secreto, nos
casamos un día 27 del mes de Octubre de 1983, con la presencia solamente de sus
padres y un gran amigo mío, quien tuvo la bondad de acompañarme, en este inicio
formal de nuestra intrépida travesía. Y luego de un almuerzo con los integrantes de mi
nueva familia, retorné a mi ciudad natal y a las aulas universitarias. Inés se quedó
con sus tristezas y con sus lágrimas en su hogar de toda la vida, acompañada de sus ilusiones y a la espera del
mayor tesoro nuestro que estaría pronto por llegar. Ella tenía 19 primaveras y
yo 27 abriles.

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