viernes, 17 de enero de 2014

La chica de los ojos grandes


La había conocido unos años antes de aquel fatídico día del “trauma acústico”. Y desde el primer momento que la vi mi corazón me dijo que algo muy grande iba a nacer con relación a ella.

Era un plácido día de primavera del año 1989 cuando, sentado en una de las bancas de la plazuelita pueblerina de Tayabamba,  la vi pasar delante de mí  toda ella erguida y majestuosa,  con un andar que se me antojó  cautivante y muy elegante. Me impresionó de sobre manera su blanco y bello perfil helénico enmarcado por una cabellera ondulante y castaña. Pero lo que más me atrajo, en ese instante de contemplación y deleite, fueron aquellos ojos grandes y de mirada ensoñadora que me hicieron recordar casi de inmediato la bella canción “Bette Davis Eyes” que en ese entonces  -en la voz de Kim Carnes-  se escuchaba mucho en las radios locales. Iba casi  agazapada en un sobretodo largo y oscuro, con unas botas de cuero negro   que realzaba su esbelta silueta y ese aire de diva, que más tarde descubriría que no era tal, sino más bien de alguien muy asequible  pero a la vez muy imponente.

Los días iban transcurriendo y no supe más de aquella etérea chica hasta un buen día en que se me acercó una amiga mía a preguntarme si, por casualidad, había alguna plaza vacante en la institución de la Microrregión de Pataz, entidad pública donde yo laboraba. Le dije que justo en mi oficina estábamos necesitando una secretaria pero que dudábamos que lo encontráramos en esa localidad, pues, ya se habían presentado varias postulantes y ninguna de ellas había dado la talla. Me señaló que no era para ella sino para su hermana, que hacía pocos días había llegado de la ciudad de Lima con un título universitario  bajo el brazo, pero que no tenía ningún problema de trabajar, en lo inmediato,  en lo que fuere. Sin sospechar  de quién se trataba le dije que si era profesional era obvio que la plaza no solo se la ganaba sino que le quedaba corta y que se presentara nomas que, al fin y al cabo, la institución micro-regional estaba al servicio de todos los pobladores de esa localidad.

Al día siguiente grande fue mi sorpresa ver a la chica de mis ensueños parada delante  de mi oficina. Mi corazón como queriéndose salir de su concavidad no se calmaba por más que lo intentaba. Aturdido y algo balbuceante  salí a su encuentro y, luego de un intercambio de palabras llenas de convención y buena intención, la llevé a la oficina de la Gerencia General para presentarla al Gerente Microrregional  quien, posteriormente, luego de la entrevista de rigor la condujo a  la jefatura del Departamento de  Recursos Humanos donde la evaluarían de acuerdo a los parámetros formales de la institución. Al cabo de más o menos un par de horas que se me hacía infinita, ella regresó a mi oficina con una gran sonrisa en la cara y una  buena nueva para darme: había sido admitida como secretaria de la Gerencia de Desarrollo Social, área en el que yo me desempeñaba como  Sub Gerente de Promoción Social y Capacitación Campesina (vaya cargo ostentoso que me habían dado). Acto seguido y, como si fuera mi amiga de toda la vida, me dio un beso en la mejilla y tendiéndome su mano blanca y fina se despidió de mí con una mirada que me hechizó el corazón para siempre. –Candelaria-, dijo que se llamaba, y a mí me pareció el nombre más hermoso que había en todo el planeta.