La había conocido unos años antes
de aquel fatídico día del “trauma acústico”. Y desde el primer
momento que la vi mi corazón me dijo que algo muy grande iba a nacer con
relación a ella.
Era un plácido día de primavera del
año 1989 cuando, sentado en una de las bancas de la plazuelita pueblerina de Tayabamba,
la vi pasar delante de mí toda ella
erguida y majestuosa, con un andar que
se me antojó cautivante y muy elegante.
Me impresionó de sobre manera su blanco y bello perfil helénico enmarcado por
una cabellera ondulante y castaña. Pero lo que más me atrajo, en ese instante
de contemplación y deleite, fueron aquellos ojos grandes y de mirada ensoñadora
que me hicieron recordar casi de inmediato la bella canción “Bette Davis Eyes” que en ese entonces -en la voz de Kim Carnes- se escuchaba mucho en las radios locales. Iba casi agazapada en un sobretodo largo y oscuro, con
unas botas de cuero negro que realzaba su esbelta silueta y ese aire de
diva, que más tarde descubriría que no era tal, sino más bien de alguien muy
asequible pero a la vez muy imponente.
Los días iban transcurriendo y no
supe más de aquella etérea chica hasta un buen día en que se me acercó una
amiga mía a preguntarme si, por casualidad, había alguna plaza vacante en la
institución de la Microrregión de Pataz, entidad pública donde yo laboraba. Le
dije que justo en mi oficina estábamos necesitando una secretaria pero que
dudábamos que lo encontráramos en esa localidad, pues, ya se habían presentado
varias postulantes y ninguna de ellas había dado la talla. Me señaló que no era
para ella sino para su hermana, que
hacía pocos días había llegado de la ciudad de Lima con un título
universitario bajo el brazo, pero que no
tenía ningún problema de trabajar, en lo inmediato, en lo que fuere. Sin sospechar de quién se trataba le dije que si era
profesional era obvio que la plaza no solo se la ganaba sino que le quedaba
corta y que se presentara nomas que, al fin y al cabo, la institución micro-regional
estaba al servicio de todos los pobladores de esa localidad.
Al día siguiente grande fue mi
sorpresa ver a la chica de mis ensueños parada delante de mi oficina. Mi corazón como queriéndose salir
de su concavidad no se calmaba por más que lo intentaba. Aturdido y algo
balbuceante salí a su encuentro y, luego
de un intercambio de palabras llenas de convención y buena intención, la llevé
a la oficina de la Gerencia General para presentarla al Gerente Microrregional quien, posteriormente, luego de la entrevista
de rigor la condujo a la jefatura del
Departamento de Recursos Humanos donde
la evaluarían de acuerdo a los parámetros formales de la institución. Al cabo
de más o menos un par de horas que se me hacía infinita, ella regresó a mi oficina
con una gran sonrisa en la cara y una buena nueva para darme: había sido admitida
como secretaria de la Gerencia de Desarrollo Social, área en el que yo me
desempeñaba como Sub Gerente de Promoción Social y
Capacitación Campesina (vaya cargo ostentoso que me habían dado). Acto
seguido y, como si fuera mi amiga de toda la vida, me dio un beso en la mejilla
y tendiéndome su mano blanca y fina se despidió de mí con una mirada que me
hechizó el corazón para siempre. –Candelaria-, dijo que se llamaba, y
a mí me pareció el nombre más hermoso que había en todo el planeta.



