La manera como lo dije y, la
expresión de mi rostro acompañando a la palabra, de seguro que a mi esposa le causó fastidio quien enseguida me respondió: “¡Nada!”.
Estábamos toda la familia en la
mesa compartiendo una agradable cena y la conversación iba y venía por doquier
pero yo como que me perdía mucho de ella. Yo, que toda mi vida había sido un buen
conversador, estaba allí hablando casi en monosílabos. Y comprendiendo la tercera parte de lo que se decía.
¡Qué difícil era acostumbrarse a
oír a media voz! Desde el primer momento de aquel fatal accidente acústico supe que mi vida no iba a ser igual; pero
nunca imaginé que se tornaría tan triste, insípida, sin color, y sin
alegrías. Poco a poco iba convirtiéndome en un personaje gris y opaco que se la pasaba todo el día en
no sé qué cavilaciones y al que era muy difícil traerlo de vuelta al “mundanal
ruido”. Y, a diferencia de lo que decía el poeta Fray Luis de León, no era nada
descansada (“¡Que descansada vida/ la del que huye del
mundanal ruido/ y sigue la escondida/ senda, por donde han ido/ los pocos
sabios que en el mundo han sido!…”) sino más bien todo lo contrario.
Aumentaba mi angustia el hecho de
haberme sucedido cuando estaba desocupado y sin ingresos para sostener a mi
familia. Esto hacía que anduviera malhumorado e irritable por cualquier cosa de
tal suerte que, tanto mi esposa como mis hijas, dejaron de hablarme muy seguido
para limitarse solo a lo estrictamente necesario. Para ahogar mis penas me sumergí
en el estudio de mis viejos libros universitarios y de alguna que otra obra
literaria. Esto me ayudó mucho cuando llegó el tan esperado concurso de plazas
para la docencia universitaria.
Como lo tenía previsto gané una
de las plazas vacantes. Y, aunque era solo un contrato, renovable cada año, me llenó de
profunda satisfacción que olvidé, por un momento, mi minusvalía auditiva. Sin
embargo, paralelo a este inicial júbilo,
empezaron a surgir ciertas dudas “¿Respondería adecuadamente las expectativas de los
estudiantes? ¿Qué estrategias usaría para que no se me note la hipoacusia?
Yo tenía cierta experiencia en la docencia de nivel medio, pues había sido
profesor de ciencias sociales en un colegio nacional, pero, la universidad… La universidad es otra cosa.
¡Y más encima con el problema de la sordera!
Mi primer día del dictado de
clases me resultó más que bien. Había preparado mi tema concienzudamente y la
exposición me salió como yo lo esperaba. Como los alumnos eran cachimbos
(recién ingresantes a las aulas universitarias) no me preguntaron gran cosa,
pero… (siempre hay un “pero") ¿Sería lo mismo cuando hubieren agarrado más confianza? ¡Por supuesto que no! Y eso es
lo que efectivamente sucedería al cabo de unos cuantos meses
.
La cátedra universitaria implica
mucho debate. No hay actores activos y pasivos sino que ambos interrelacionan
activamente mediante la modalidad de preguntas y respuestas, las mismas que
pueden llegar a niveles álgidos, cuando se encienden las emociones y se
desbordan las vehemencias. Yo dictaba cursos muy polémicos como “Doctrinas Filosóficas Contemporáneas”,
“Teoría del Conocimiento”, “Introducción a la Semiótica” y algún otro
curso más y todos ellos necesitaban mucha confrontación de opiniones para
internalizar el conocimiento. Y este era justamente mi “talón de Aquiles”. Como sea me las ingeniaba para no rehuir los
diálogos, pero era inevitable que en ciertos momentos cayera en “…perdón,
me puede repetir la pregunta”.
Claro que los alumnos no tenían ningún problema de repetirme sus
preguntas, pero esta situación podía ser interpretado de que yo, como
catedrático, no estaba a la altura de las circunstancias y acudía continuamente
a esta especie de muletilla. Y de hecho, así sucedió.
Ocurrió ya casi finalizando el
año académico. Un buen día el Jefe del Departamento Académico de la Facultad de
Ciencias de la Comunicación me llama a su oficina para decirme que había
recibido ciertas quejas de algunos estudiantes que aducían que no me escuchaban muy bien y me pedía que por
favor levante un poco más la voz en las aulas. Por supuesto que el funcionario
no había entendido bien a los alumnos que, con toda seguridad, le habían dicho
que yo no les escuchaba. Esta situación me hizo pensar seriamente en el retiro.
Más aún cuando supe que en el siguiente año me iban a asignar seminarios para
estudiantes próximos a egresar.
Y así, antes de que mi
discapacidad se haga más notoria, presenté mi Carta de Renuncia. A los días subsiguientes
me enteré de que alumnos, al que nunca les había dictado clases, enviaron un
memorial al decano de la Facultad pidiéndole que me asignen como su docente y
tutor, pero éste no podía hacer nada, pues mi trámite de renuncia estaba en
curso. Eran los estudiantes de la Facultad de Pedagogía. Este hermoso gesto me
inundó de una inmensa satisfacción, empero, ya no era posible volver atrás porque mi
resolución estaba tomada. Y de esta manera, con un dolor que me partía el alma,
dejé de lado lo que siempre había anhelado. Y todo gracias a la “bendita”
hipoacusia.

Entiendo que perdio parte del oido por descuido o negrigencia pero después logro ser profesor y su desempeño era bueno hasta que un dia hubo una observación, y usted no supo defender su labor su trabajo¡ y decidio renunciar,en vez de afrontar la verdad a sus superiores por la parcial capacidad de oir, talvéz lo hubiesen entendido y ayudado...
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